El análisis de los datos de las aseguradoras reveló un patrón curioso. A casi todos los pacientes, con lo que fuera que llegasen, se les añadía gastritis a la historia clínica. Con ese diagnóstico la aseguradora aprobaba pruebas más caras y fármacos gastroprotectores. Cuando la aseguradora endureció las normas y empezó a rechazar el código K29 (gastritis), se produjo un milagro estadístico. En 2025 la clínica registraba de forma constante unos 1.500 casos de gastritis al mes. En 2026, exactamente cero. En cambio, aparecieron exactamente los mismos pacientes con enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE). Es evidente que la gente no pudo «curarse» de la gastritis de un día para otro y contraer ERGE a coro: son enfermedades distintas, con causas y tratamientos distintos. La clínica simplemente cambió al código que seguía abriendo la cartera del seguro.
Otro escenario emiratí fue la «epidemia de deshidratación». A las visitas respiratorias (tos, resfriado) se les empezó a añadir en masa el código E86 – deshidratación. Eso sumaba un 30% a la factura: al paciente le ponían un suero salino. Según los estándares médicos, la hidratación intravenosa está indicada solo en casos de pérdida grave de líquidos – vómitos, hemorragia, imposibilidad de beber. En la vida real, un adulto con un malestar leve repone líquidos perfectamente bebiendo agua. Cuesta creer que de repente acudieran al médico de familia multitudes de personas reclamando sueros de urgencia. Pero para el papeleo bastaban tres dígitos: E86.